El refugio «Huellas de Amistad» se alza a 700 metros sobre el nivel del mar, situado en la cima del cerro El Vigilante, en el distrito de Saavedra.

Carlos Eckardt, su creador, describe el lugar como un santuario de naturaleza y silencio, donde uno puede encontrarse consigo mismo. Construido a partir de los restos de un antiguo silo, el refugio ofrece una experiencia única de aislamiento y conexión con la naturaleza en la región serrana del sudoeste bonaerense, parte del cordón de Bravard que se transforma en el famoso Ventania.

El refugio, que es el más alto en la provincia de Buenos Aires, carece de señal telefónica e internet, convirtiendo los teléfonos móviles en meras cámaras fotográficas. Con un deck que ofrece vistas panorámicas al Abra, este lugar promete una soledad completa y reconfortante.

Eckardt diseñó este refugio para aquellos que buscan escapar del ajetreo cotidiano y disfrutar de la soledad en las alturas.

El proyecto, que tardó una década en planificarse y un año en realizarse, se sitúa en la estancia «Cerro Áspero», propiedad de la familia Eckardt desde que su padre llegó de Alemania en los años 40. La estancia, de 1500 hectáreas, está rodeada por diez cerros pintorescos y habitada únicamente por tres personas y una variedad de fauna silvestre.

La estancia, aislada y rodeada de naturaleza prístina, se ha convertido en un destino codiciado para aquellos que buscan experimentar la soledad absoluta. La ausencia de publicidad y su ubicación oculta, solo conocida a través del boca a boca, han incrementado su atractivo.

Eckardt señala que la gente busca aislarse por la falta de libertad, inseguridad y congestión en las ciudades, y afirma que la verdadera felicidad no se encuentra en la urbe.

Para los amantes del silencio y el turismo minimalista, Eckardt ofrece una experiencia aún más elevada: el «Domo Pichón», ubicado a 750 metros de altura, siendo la opción más alta en Buenos Aires. Este domo, aún más aislado que el refugio, está equipado con lo esencial para una estancia en la naturaleza.

Los paraísos inexplorados y remotos, con su naturaleza pura y fauna silvestre, tienen un encanto especial. La estancia «Cerro Áspero», aunque desafiante de acceder, puede ser alcanzada desde Pigüé o Saavedra. Sin embargo, la tecnología moderna como los GPS resulta inútil en esta travesía; los mapas hechos a mano o el conocimiento de los lugareños son esenciales.

El camino sin señalización se adentra en la montaña, alternando entre desfiladeros de piedra y densa vegetación. La fauna local, incluyendo zorros, ciervos, antílopes y pumas, se mantiene a distancia, siempre que no se les moleste.

«Compartimos este espacio con los animales; es su territorio», afirma Carlos Eckardt, quien ha hecho de esta estancia un lugar de convivencia armónica. Los inviernos en «Cerro Áspero» son severos, con frecuentes nevadas y temperaturas que pueden descender hasta los -10 °C. Sin embargo, el verano ofrece el escenario ideal para disfrutar de este entorno único.

El cielo nocturno en la estancia es una experiencia inolvidable. «Es como si estuvieras a la altura de las estrellas», dice Eckardt. La vía láctea parece estar al alcance de la mano, brindando un espectáculo estelar raramente visto en otros lugares. «Es una libertad total para quienes vienen de la ciudad», añade.

La historia familiar de Eckardt es también parte del atractivo del lugar. Su padre, veterano de la Segunda Guerra Mundial, eligió este rincón aislado para vivir en paz. Desde su llegada en 1983, la familia ha transformado el paisaje, plantando miles de árboles y dando vida a un valle que antes era árido.

Eckardt siempre ha tenido una conexión profunda con la montaña. La idea del refugio, que tomó forma tras una década de reflexión, fue impulsada por su amor a la naturaleza y el deseo de ofrecer un escape del mundo moderno.

El refugio, inaugurado el 4 de septiembre de 2016, fue construido con sus propias manos, utilizando los restos de un silo destruido por un tornado.

Este lugar ofrece más que un refugio; es un portal hacia una versión desconocida de la provincia de Buenos Aires, caracterizada por su diversidad y belleza natural, lejos de la típica llanura y horizonte de la región. «Mi sueño de niño fue dormir en las alturas y ver amanecer», confiesa Eckardt, quien ha hecho realidad este sueño para sí mismo y para aquellos que buscan un retiro de la vida cotidiana.

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